| Fraga, retrato de un fascista. Introducción. |
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| Artículos - Colaboradores |
| Escrito por Gustavo Luca. |
| Viernes, 05 de Septiembre de 2008 07:56 |
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En la constitución personal del Hombre hay, sin duda, un nacionalista español que ha fracasado en la palestra pública, pero ha conseguido objetivos personales a costa de considerable daño a golpe de sabotear las cañerías del Estado para dejar sin agua a sus adversarios. Al presentarse por cuarta vez a la presidenca de la Xunta hay quien lo describe como regionalista converso, cuando lo que trata de demostrar desde hace años en esta instancia del Estado, como bien se puede ver, es que por fin ha dado con la formula para establecer un modelo autonómico capaz de dinamitar las aspiraciones de las nacionalidades, ahora ya no con una reforma del Titulo VIII, como la que trataba de imponer en el 78, sino mediante la congelación del estatuto, la conspiración clientelar (el caciquismo, le llamaba Castelar) y la manipulación de la información. En el proceso puede revelarse como valedor de un nuevo orden de naciones comunitarias, si de lo que se trata es de convertirse en presidente de la Asamblea de Regiones, aspiración que se frustra cuando la mayoría de las 163 representaciones de todo el continente dicen algo que parecía evidente: que no pueden votar a un fascista. En fin, un camino empedrado, de intenciones taimadas en el que no deja de revelarse su ideología fascista cuando paga y rubrica una edición en la que se dice que no existió ni la colonización de América ni el holocausto, corrrompe la información, compra el voto, ningunea al Parlamento. No hay una realidad que sea igual y diferente a sí misma en un tiempo idéntico. Como predicó el racionalismo griego desde Platón a Aristóteles, para poder justificar la naturaleza unilinear de la cadena causal es necesario asumir el principio de identidad (una cosa es igual a sí misma), el de no contradición (una cosa no puede ser igual a sí misma y diferente a un tiempo y el de tercio excluso (una cosa es verdadera o falsa). Humberto Eco tuvo que recordarlo para defenderse de la mascarada de la postmodernidad y aquí es preciso repetirlo para preguntar si es posible defender con una misma bocanada de aire el autoritarismo antiliberal, el liberalismo, la revolución y el rosario en familia, la tortura y las garantías legales. Sin duda, la educación política de nuestro personaje se debe remitir a un tiempo y a un grupo concreto. Antes de que cayese Von Paulus y los aliados ganasen la guerra, Fraga perteneció a una falange católica que aguardaba con impaciencia la victoria de Hitler para poder culminar un Estado fascista, integrado en un proyecto de mercado común europeo con la Comisión en el Reichstag. El joven profesor de Teoría del Estado asiste a clase en la facultad de San Bernardo con uniforme de oficial de Infantería, botas de montar y una fusta con la que bate sobre la mesa para las reconvenciones. Se ha dejado un bigotito lápiz entre Serrano Suñer y Clark Gable. Escribe en la revista del SEU (el Sindicato Estudiantil Universitario, de filiación obligatoria): "Adelantados, alféreces, caballeros, ascetas, santos, luchadores, saben que esta vida es meritoria de otra mejor. Nosotros, alféreces, preferimos ir por nuestro pie y con las botas puestas. Con espuelas." Para los tiempos de guerra, el discurso totalitario español no hizo otra cosa que refrescarse en las fuentes del reaccionarismo tradicional de Donoso Cortés, Balmes, Vázquez de Mella y Menéndez Pelayo. Los alféreces con espuelas odian el sigo XIX, Rousseau, la emancipación de los pueblos y la lucha de clases, aliados objetivos de los enemigos exteriores. Es curioso que la sutura para este enorme costurón sobre el siglo de las libertades se vaya a buscar precisamente en la cordelería de Ramiro de Maeztu, un marxista de vuelta atrás que cruza a la derecha con el sistema de análisis del adversario debajo del brazo para presentar la metafísica de España. Con una sintaxis renovada, Maeztu vende el estafermo imperial, la gloria de la globalización hispánica que se vino abajo por la conjura de envidia amarilla de los otros imperios. El nacional-catolicismo intenta salvar el proyecto histórico español de Ortega, pero para eso tiene que tumbar al filósofo en la mesa de vivisección del doctor Frankestein y hacerle una lobotomía del ateismo y otras modernidades que no caben en el Régimen. Demasiado peligro cuando estaba a mano Maeztu, impecablemente antimarxista pero sobre todo radical con la hispanidad, estado sin fisuras, unidad de destino. ¿Qué escaparate se adornaría con una cruz gamada después de la ruina de Berlin ? Quién se atrevería a formular la Tercera Vía de Mussolini (lo haría mucho más tarde Tony Blair sobre la pésima memoria de la izquierda). Ni capitalismo ni socialismo: lo nuestro requiere una solución distinta. Si el golpe de Estado se dio contra los nacionalismos y las organizaciones de base, es la hora de la teología del imperio. Castelao llamó a esto imperialismo fracasado. A la altura del 2001 es preciso recordar que Fraga aún presume de reivindicar a un tiempo la vigencia de Ramiro de Maeztu y la de Castelao, como se puede ver en la pedrea anual de las Medallas Castelao, que también podrían llamarse Medallas Maeztu, tan obscena es la montería de de biografías ejemplares del Movimiento. Hay quien ha preferido disimular este disparate fraguiano como una parte de su capacidad para sobrevivir en política de una forma no distinta de la del mistificador Fukuyama, que llama futuro al proyecto imperial norteamericano. La generación de estudiantes fascistas a la que pertenece Fraga sufrió la experiencia más dramática de su vida con la derrota del Eje, que supuso pasar de la retórica imperial de Maeztu y Giménez Caballero a conformarse con viajar en el furgón de cola del proyecto occidental de Yalta. Esto es lo que Juan Velarde, compañero de Falange de Fraga, llama "el abandono de la utopía nacional-sindicalista por el mensaje de Keynes, Myrdal y la socialdemocracia". El de Fraga no debe entenderse, por tanto, como un un doble lenguaje sino como el idioma del falangista que aunque siga viajando en coche oficial nunca más podrá ver realizada su ideología fascista. La suya es una mutación semejante a la de Torrente Ballester, que interviene en el congreso de escritores fascistas de Berlín, en el 44, y a la vuelta de dos años se pasa a la novela decadente; o a la de Alvaro Cunqueiro, que compone loas al caudillo y poco después, huye hacia una Miranda de ficción en la que el reino sólo existe como sueño, en la puerta misma del realismo mágico. Fraga, que nunca supo escribir, se preparó a conciencia para sobrevivir en aquella dictadura de camaleones que se remitían aún a final de los 60 a una revolución pendiente. Convencido de que su proyecto no podría realizarse en democracia, luchó contra ella con todas las mentiras que cabe imaginar. Una de ellas es la construcción de un falso pasado de quintacolumnista de la democracia dentro del Estado franquista. Nada podría ser más contrario a la verdad. Ya es historia que cuando presentó en Madrid a los siete prohombres de Alianza Popular, en octubre de 1976, Fraga defendió un parlamento en el que la mitad de las actas de diputado fuesen por designación. El regreso a la democracia de Gabino Bugallal como fórmula para el siglo XXI. |



