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Fraga, retrato de un fascista. Introducción. PDF E-mail
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Escrito por Gustavo Luca.   
Viernes, 05 de Septiembre de 2008 07:56

Fraga, retrato de un fascistaLos que han visto a Fraga como un autoritario colérico, un doctor Jeckill que se convierte en Mr. Hyde después de enviar el asqueroso batido de datura (para Stevenson era la morfina, como se sabe), no han entendido nada y más bien le han hecho un favor porque el biografiado, al advertir que un personaje público con accesos de mal humor es más humano, ha corrido a abrazar la calificación que le hacían. Si por el contrario se comprende como un personaje integral de vanidad y ambición de poder desmedidos, de ideología fascista, traidor y trilero, las facetas de su biografía encajan como en una taracea: trata de convencer a la opinión pública de que no estaba en Vitoria-Gasteiz el día en que dispararon contra los obreros cuando era él mismo el que la dirigía; al preparar después un golpe de Estado según el esquema de la marcha sobre Roma de Mussolini, cuando comprende que con los votos no va a llegar al Gobierno; al figurar, según un informe del CESID, en las tramas del 23-F, lo que explica que el famoso león no abra la boca hasta las nueve de la mañana, cuando ya está firmado el Pacto del Capó; al advertir al consejo del PP de que será mejor estar preparado para formar un gabinete de emergencia, según una confesión de Jorge Verstrynge, entonces secretario general del PP, que no ha podido ser desmentida.

En la constitución personal del Hombre hay, sin duda, un nacionalista español que ha fracasado en la palestra pública, pero ha conseguido objetivos personales a costa de considerable daño a golpe de sabotear las cañerías del Estado para dejar sin agua a sus adversarios. Al presentarse por cuarta vez a la presidenca de la Xunta hay quien lo describe como regionalista converso, cuando lo que trata de demostrar desde hace años en esta instancia del Estado, como bien se puede ver, es que por fin ha dado con la formula para establecer un modelo autonómico capaz de dinamitar las aspiraciones de las nacionalidades, ahora ya no con una reforma del Titulo VIII, como la que trataba de imponer en el 78, sino mediante la congelación del estatuto, la conspiración clientelar (el caciquismo, le llamaba Castelar) y la manipulación de la información.

En el proceso puede revelarse como valedor de un nuevo orden de naciones comunitarias, si de lo que se trata es de convertirse en presidente de la Asamblea de Regiones, aspiración que se frustra cuando la mayoría de las 163 representaciones de todo el continente dicen algo que parecía evidente: que no pueden votar a un fascista.

En fin, un camino empedrado, de intenciones taimadas en el que no deja de revelarse su ideología fascista cuando paga y rubrica una edición en la que se dice que no existió ni la colonización de América ni el holocausto, corrrompe la información, compra el voto, ningunea al Parlamento.

El fundador del Partido Popular tiene razón cuando dice que su carrera política ha sido plenamente coherente, a condición de que por esto se entienda que nunca ha abandonado el pensamiento fascista de juventud. La reforma legal que consagra los valores demo­cráticos y considera un delito el fascismo no impide hoy a Fraga declarar que no existió nunca la legitimidad republicana, ni falta que le hizo la violencia, por lo visto, al General, para establecer un gobierno que duró cuarenta años. Y si, es cierto, que respetó siempre, como dice, su ideario falangista ¿como y cuando se hizo demócrata? Si la fidelidad a lo viejo lo mantiene como un fascista, el respeto a las ideas nuevas lo convierte, sin duda, en un traidor y un farsante.

No hay una realidad que sea igual y diferente a sí misma en un tiempo idéntico. Como predicó el racionalismo griego desde Platón a Aristóteles, para poder justificar la naturaleza unilinear de la cadena causal es necesario asumir el principio de identidad (una cosa es igual a sí misma), el de no contradición (una cosa no puede ser igual a sí misma y diferente a un tiempo y el de tercio excluso (una cosa es verdadera o falsa). Humberto Eco tuvo que recordarlo para defenderse de la mascarada de la postmodernidad y aquí es preciso repetirlo para preguntar si es posible defender con una misma bocanada de aire el autoritarismo antiliberal, el liberalismo, la revolución y el rosario en familia, la tortura y las garantías legales.

Sin duda, la educación política de nuestro personaje se debe remitir a un tiempo y a un grupo concreto. Antes de que cayese Von Paulus y los aliados ganasen la guerra, Fraga perteneció a una falange católica que aguardaba con impaciencia la victoria de Hitler para poder culminar un Estado fascista, integrado en un proyecto de mercado común europeo con la Comisión en el Reichstag. El joven profesor de Teoría del Estado asiste a clase en la facultad de San Bernardo con uniforme de oficial de Infantería, botas de montar y una fusta con la que bate sobre la mesa para las reconvenciones. Se ha dejado un bigotito lápiz entre Serrano Suñer y Clark Gable. Escribe en la revista del SEU (el Sindicato Estudiantil Universitario, de filiación obligatoria): "Adelantados, alféreces, caballeros, ascetas, santos, luchadores, saben que esta vida es meritoria de otra mejor. Nosotros, alféreces, preferimos ir por nuestro pie y con las botas puestas. Con espuelas."

Para los tiempos de guerra, el discurso totalitario español no hizo otra cosa que refrescarse en las fuentes del reaccionarismo tradicio­nal de Donoso Cortés, Balmes, Vázquez de Mella y Menéndez Pelayo. Los alféreces con espuelas odian el sigo XIX, Rousseau, la emancipación de los pueblos y la lucha de clases, aliados objetivos de los enemigos exteriores. Es curioso que la sutura para este enorme costurón sobre el siglo de las libertades se vaya a buscar preci­samente en la cordelería de Ramiro de Maeztu, un marxista de vuelta atrás que cruza a la derecha con el sistema de análisis del adversario debajo del brazo para presentar la metafísica de España. Con una sintaxis renovada,

Maeztu vende el estafermo imperial, la gloria de la globalización hispánica que se vino abajo por la conjura de envidia amarilla de los otros imperios. El nacional-catolicismo intenta salvar el proyecto histórico español de Ortega, pero para eso tiene que tumbar al filósofo en la mesa de vivisección del doctor Frankestein y hacerle una lobotomía del ateismo y otras modernidades que no caben en el Régimen. Demasiado peligro cuando estaba a mano Maeztu, impecablemente antimarxista pero sobre todo radical con la hispanidad, estado sin fisuras, unidad de destino. ¿Qué escaparate se adornaría con una cruz gamada después de la ruina de Berlin ? Quién se atrevería a formular la Tercera Vía de Mussolini (lo haría mucho más tarde Tony Blair sobre la pésima memoria de la izquierda). Ni capitalismo ni socialismo: lo nuestro requiere una solución distinta. Si el golpe de Estado se dio contra los nacionalismos y las organizaciones de base, es la hora de la teología del imperio.

Castelao llamó a esto imperialismo fracasado. A la altura del 2001 es preciso recordar que Fraga aún presume de reivindicar a un tiempo la vigencia de Ramiro de Maeztu y la de Castelao, como se puede ver en la pedrea anual de las Medallas Castelao, que también podrían llamarse Medallas Maeztu, tan obscena es la montería de de biografías ejemplares del Movimiento. Hay quien ha preferido disimular este disparate fraguiano como una parte de su capacidad para sobrevivir en política de una forma no distinta de la del mistificador Fukuyama, que llama futuro al proyecto imperial norteamericano.

La generación de estudiantes fascistas a la que pertenece Fraga sufrió la experiencia más dramática de su vida con la derrota del Eje, que supuso pasar de la retórica imperial de Maeztu y Giménez Caballero a conformarse con viajar en el furgón de cola del pro­yecto occidental de Yalta. Esto es lo que Juan Velarde, compañero de Falange de Fraga, llama "el abandono de la utopía nacional-sindicalista por el mensaje de Keynes, Myrdal y la socialdemocracia".

El de Fraga no debe entenderse, por tanto, como un un doble lenguaje sino como el idioma del falangista que aunque siga viajando en coche oficial nunca más podrá ver realizada su ideología fascista. La suya es una mutación semejante a la de Torrente Ballester, que interviene en el congreso de escritores fascistas de Berlín, en el 44, y a la vuelta de dos años se pasa a la novela deca­dente; o a la de Alvaro Cunqueiro, que compone loas al caudillo y poco después, huye hacia una Miranda de ficción en la que el reino sólo existe como sueño, en la puerta misma del realismo mágico. Fraga, que nunca supo escribir, se preparó a conciencia para sobrevivir en aquella dictadura de camaleones que se remitían aún a final de los 60 a una revolución pendiente.

Convencido de que su proyecto no podría realizarse en demo­cracia, luchó contra ella con todas las mentiras que cabe imaginar. Una de ellas es la construcción de un falso pasado de quintaco­lumnista de la democracia dentro del Estado franquista. Nada podría ser más contrario a la verdad. Ya es historia que cuando presentó en Madrid a los siete prohombres de Alianza Popular, en octubre de 1976, Fraga defendió un parlamento en el que la mitad de las actas de diputado fuesen por designación. El regreso a la democracia de Gabino Bugallal como fórmula para el siglo XXI.

En los meses que van desde la muerte de Franco a las primeras elecciones que se celebran después de 1936, el Hombre pone a prueba su experiencia y sus alianzas, con toda su energía, para que la Dictadura no se desmorone, porque permanezca el sistema político en el que invirtió el gran pedazo de su carrera política. En privado suele decir que no le ha salido del todo mal.

 

Kaos en la Red


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