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Cultura - Música
Escrito por Super Dee Dee   
Martes, 16 de Septiembre de 2008 18:03

Principios de siglo XX, continuas guerras azotan nuestro planeta. Lucha, batalla, desolación, gritos, insistencia, derrotas, clamor. En un enclave muy concreto, rebulle la música por nuevos caminos. Y es que es en el arte donde el hombre encuentra su cobijo, donde decide expresar su ira, su descontento (aunque esto no sea algo nuevo). En tiempos revueltos sonidos caóticos, desconcertantes, que exasperan al menos perturbado.

Látigos azotan la consonancia que hasta entonces había primado y conformado todo aquello. Tras la expresión máxima del romanticismo más cincelado y expresionista con Listz entre otros, retumba en el panorama musical del momento una palabra evitada por tantos clásicos: la atonalidad. Supone la pérdida de tonalidad, la búsqueda de lo disonante, que es sinónimo de tensión. En estas obras, que parecen sacadas de pelis de terror, se pretende mantener al oyente en continuo desasosiego, sin saber qué ocurrirá esperando algún pasaje de equilibrio capaz de reestablecer su calma; pero no lo haya por ningún lado, está perdido entre alteraciones. Insiste en mantener una inestabilidad que aboca al agobio, rozando lo horrendo.

Dentro de este enfoque, el dodecafonismo como tendencia vanguardista se limita a crear obras basadas, simple y llanamente, en escalas continuas, un número determinado de notas repetidas una y otra vez; utilizando como único modo de escritura el contrapunto, conocido como contrapunto dodecafónico. Despedaza la quietud y nada es capaz de templar tal fuerza expresiva, se introduce a modo de obsesiva persecución en el oyente, sin dar tregua, descanso ni sosiego.

Pese a lo que pudiera parecer, nada que envidiar al perfeccionismo formal del barroco, pues estas obras que parecen estar escritas sin ton ni son (nunca mejor dicho) son magníficas elaboraciones matemáticas, perfectamente estructuradas y consolidadas, donde todo guarda una íntima y estrecha relación. No hay una nota de más ni de menos.

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